

De Holanda y de Bélgica (donde hemos estado desde el 19 hasta hoy), tengo unas cuantas fotos.
No muchas.
Me gusta más mirar y oler y sentir que ver las cosas a través de una cámara. Hoy, cuando acababa casi de aterrizar en casa y hablando con una amiga al respecto de eso de las fotos, me decía que muy mal, que hay que hacer cientos de instantáneas de los sitios a los que se viaja para al volver a verlas recordar esos lugares. Puede que tenga razón.
Sin embargo, yo no creo que sea estrictamente necesario y menos sacar fotos de monumentos que por muy bien que te queden, siempre hay en la tienda de souvenirs de al lado una postal con una toma infinitamente mejor que la tuya.
Por eso no voy a poner aquí en mi blog fotos de Holanda (aunque algunas me han quedado guapas) sino dos escaneos con retazos en papel de lo vivido en ese país tan pequeño, puede que tan frío, pero con una gente tan cálida y tan simpática.
Me preguntaba un día una Wendy muy bella, amiga de mi amiga Wendy tan bella como la otra Wendy, que si lo que había visto de su país era lo que esperaba (estábamos cenando en la Haya y llevábamos tres días en Holanda).
Yo le dije a mi Wendy que no es mi amiga Wendy sino la otra, pero a la que llamo mi Wendy porque me gustó por mucho novio que tenga, que no suelo pensar en cómo será o dejará de ser un país, una persona o una comida, sino que me dejo llevar por mis sentidos.
Ellos son muy sabios y te van diciendo que Holanda es bella y limpia y amigable y hasta metidos en la tormenta que a 128.36 km/h me quitó el gorro de lana y casi se lleva mis gafas a las que pillé al vuelo, sigue siendo bella y limpia y amigable. Un viaje en fin memorable gracias en buena parte al triunvirato que formamos Wendy, Manuel y yo.
Dank je wel y hasta pronto…