Llevo dibujando este
ojo casi toda la vida. No sé por qué. A lo mejor es que lo tengo en el subconsciente y corresponde a algún amor que tuve en otras vidas antiguas y olvidadas. A lo mejor es que lo dibujo para recordarme que cuando lo vea sepa que pertenece a la reencarnación de aquel amor del siglo XV o quizás lo dibujo para saber que ese
ojo es mi
ojo amado cuando lo vea con el resto del cuerpo y del alma de quien lo porte.

El caso es que a la vez que esta manía de dibujar sólo este
ojo, nunca el otro, tengo otra que he contado aquí de pasada alguna vez, que es la de mirar a los
ojos (esta vez sí a los dos) a las mujeres variopintas que se me presentan en la vida. Todavía no he encontrado éste, entre bello y melancólico (si como un médico de los que miran el fondo del ojo, indago en este iris de bolígrafo y papel) aunque he visto almas alegres y tristes y sumisas y rebeldes y sensuales y ciegas en todos los
ojos de todas las mujeres que he mirado y me han mirado en la vida. Sea vuestro
ojo o no, este
ojo creo que es al fin y al cabo el de todas vosotras: mujeres de carne y hueso, de alma y web y de lápiz y papel que me miráis día a día.