El otro día, buscando unas fotos, de las de papel, encontré unas viejas cartas de amor, de un amor casi tan olvidado como recordado alguna que otra melancólica vez.
Leía la letra redondita de aquella noviecilla y me daba como pudor, como si estuviese cotilleando el corazón de una niña desconocida, aunque esta sensación no dejaba de ser una bobada, porque el destinatario de esas palabras llenas de amor, romanticismo, pasión y sexo era yo... aunque bien visto, era un yo, aquel yo, otro yo, no este yo que lo estaba leyendo en ese momento.
Comentaba esto con un amigo, días después, y ambos reflexionábamos sobre lo tontos que somos cuando estamos enamorados, que parece como si inventásemos las palabras o las frases: "Te quiero y siempre te querré" "Nunca te abandonaré"... Nos hacían gracia esos siempres y esos nuncas que soltamos con tanta pasión y que se convierten en el mejor de los casos en a lo mejores.
Pero claro, a nadie en su insano juicio (nadie está en su sano juicio cuando está enamorado) se le ocurre decir a su amada/amado: "Te quiero y a lo mejor te seguiré queriendo" o "A lo mejor no te abandonaré".
Total, que no encontré las fotos que buscaba y que deben estar tan escondidas como ese amorcito que tuvimos aquella noviecilla y yo cuando aún se sacaban fotos en papel y se escribían cartas de amor "de puño y letra".